El universo ignorado: ¡Qué plástico se ve el cielo cuando te dicen hasta qué nube puedes volar!
Qué pesada e incómoda se siente la ropa a la que ya no perteneces, pero no sabes qué otra usar. La personalidad se enjaula con amor en el ideal de ese grupo al que añoramos pertenecer.
Vamos todos, en el afán encubierto de agradar, algunas veces a conciencia, algunas otras en piloto automático. No lo sabemos, pero gran parte de nuestras acciones van enmarcadas en cómo serán observadas por los demás. No está mal, somos una raza social, así aprendimos a sobrevivir, pero… ¿cuál es la línea de quién soy y de quién quiero que crean que soy?
Pertenecer y hacer parte nos moldea; tenemos una etiqueta en la personalidad que invisiblemente, pero con mucho control, nos dice qué, cómo y con quién debemos hacer o actuar de una u otra manera. Qué miedo tan insoportable eso de no sentirse parte de nada. Así vamos navegando en la música, en la forma de vestirnos, en las palabras que usamos al hablar, en nuestros amigos, en las series que vemos, en los lugares que habitamos. ¿Qué pasa cuando crecemos? ¿Dejamos de pertenecer y nos perdemos en la espesa niebla de reescribirnos? ¿O, por miedo, debemos seguir siendo quienes fuimos y ya no queremos ser?
¿Y qué pasa si no sabemos ser otra cosa?
Qué pesada e incómoda se siente la ropa a la que ya no perteneces, pero no sabes qué otra usar. La personalidad se enjaula con amor en el ideal de ese grupo al que añoramos pertenecer. ¡Tengo que estar de acuerdo aunque no lo esté; tengo que seguir a la masa, sin pensar, sin cuestionar! Cada tribu tiene sus reglas; no importa cuán libre creas que eres, al final, solo eres una célula más en el organismo colectivo del cual, sin importar la edad, el género o la ideología política, es muy difícil salir.
No nos pertenecemos, y cuando lo hacemos, creemos ser observados, juzgados y señalados por los ojos de los que no importan, volviendo siempre al refugio de agradar; y qué plástico que se ve el cielo cuando te dicen hasta qué nube puedes volar. Mi revolución es ambigua y amarga, tibia, caliente y fría. Me pertenece, la abrazo y la valido, porque detesto la libertad que me dice qué tengo que hacer, detesto su rostro hermoso que sabe a hedonismo, detesto el guayabo de creer volar, despertando más solo que nunca, sin importar cuán abundante sea la compañía, porque nadie, absolutamente nadie, puede ser libre si no se libera a sí mismo.
¿Realmente somos libres?
La trampa es evidente cuando quieres realmente ser libre, opinar sin ser juzgado. ¡Encajamos perfectamente en el molde! ¡Todos, absolutamente todos! El revolucionario de píxel que bebe café con un intelecto inútil en la realidad pragmática, o el que cree que rompe el sistema porque se tatúa la cara; ¡aun para ese hay sistema! Números y datos en una ecuación sencilla, enmascarada en el algoritmo de lo que tienes que ser, hacer, pensar, escribir, dibujar… y soñar.
Qué maltratado tiene que estar adentro, todos detrás de una luz cegadora, sexy y excitante, llenos hasta el hastío de nada, con un cerebro que ruge cual adicto al placer por un poco más de otros cinco segundos, y otros cinco segundos, y otros cinco segundos y así, mientras las estrellas afuera, cansadas de ser ignoradas, pasan y pasan como si el universo ya de por sí, con sus pecas luminosas, no fuera lo suficientemente excitante para crear un ejército con tan solo una noche de erotismo.
Perdimos el color de la contemplación, del no ruido… de las cosas simples que abundaban de calma.!